“Cariño, ¿qué hemos hecho?”

No habían pasado ni 24 horas y ya se había convertido en un Gremli. Yo aún necesitaba semanas para digerir el traumatizante parto, llevaba más de 60 horas ininterrumpidas sin dormir, me preocupaba molestar a la pareja del “otro lado de la cortina”, el dolor y las molestias de la episiotomía eran muy fuertes, y El padre le ponía  un pañal tras otro, arrojándolos al suelo, diciendo: “esta mierda no pega”. Ella lloraba. Se nos ocurrían posibles causas, intentábamos posibles soluciones. Fue el primer día, la primera noche. Ella lloraba. Lloraba mucho.

Elpadreyellaprimerdía

“Cariño, ¿qué hemos hecho?”, fue el máximo retrato de la angustia que empezábamos a sentir. El padre me miró con tal desesperación mientras pronunciaba esas palabras que me mordí el labio y acabé riendo.  ¿Loca? Desorientados, cansados como nunca, nerviosos… solos y novatos ante un llanto al que nosotros habíamos dado la vida.

Nunca me cansaré de decirlo: la pa-maternidad es muy compleja.  En el cine, en la televisión, en las revistas, en los libros, incluso en las parejas y familias de nuestro alrededor  la venden como algo maravilloso, incomparable, el culmen de la felicidad. Yo estoy segura de que en realidad no es más que un mecanismo de defensa de la mente para que la especie sobreviva. Además, me demuestra que el ser humano es muy mentiroso.

Detesto la hipocresía.

Siempre admití que la maternidad me vino grande. “¿Cómo te sientes ahora que eres madre?”, “Estoy decepcionada. Había idealizado la maternidad, y ha resultado ser infinitamente más dura de lo que había imaginado”. Y empezaron a surgir de “las tinieblas” madres y padres que me confesaban haber sentido las mismas emociones contradictorias que yo… Vaya, qué calladito se lo tenían cuando sólo narraban el cuento del éxtasis de la felicidad.

La culpabilidad (psicológicamente hablando)

Te han engañado tanto durante toda tu vida acerca de la maternidad, que cuando descubres una realidad distante a la idealizada y esperada, te sientes culpable. Culpable porque no te brotan lágrimas de felicidad, pese a la emoción, cuando ves a tu hija por primera vez, porque mientras te cosen -sin anestesia- el corte y el desgarro del perineo, mareada y extenuada. Culpable porque cuando miras a tu hija al principio, no sientes que es la persona que más quieres en el mundo “¿no se suponía que debería haberlo sentido de inmediato?”, “si es una desconocida para mí”. Ves un bebé, sabes que es tuyo, pero es imposible asimilar todo su significado en  los primeros días. Entonces, piensas que eres una madre horrible, que no sabe querer a su hija como se debe, y te cuestionas por primera vez tu valía como madre. Después te sentirás culpable cada una de las siguientes veces que te vuelvas a juzgar por no saber cómo actuar, por creer haber actuado mal, por sentir una pesada losa de sacrificio cuando deberías estar disfrutando.

¿Pero qué somos, masoquistas?

Por supuesto que no. Y aquí reside la salvación. El tiempo, conversar con madres sinceras y sabias, tus propias reflexiones y lecturas, acaban poniendo todo en su sitio y empiezas a darle a todo su grado correspondiente de importancia, a dotar de nombre y de significado a todas tus emociones, a racionalizar y  aceptar el cambio tan drástico que ha sufrido tu vida. Tu vida como mujer, como trabajadora, como estudiante, como activista, como deportista, como amante…  Sin resignación, con aceptación.

Es entonces el momento de la sublimación. Es necesario reconvertir la frustración y la confusión en un proceso extraordinario y gratificante, para alcanzar un punto de equilibrio en una realidad compleja que cada persona interpreta y vive de una manera completamente diferente.

Maternidades diferentes

No somos iguales. Muchas madres se llevarían las manos a la cabeza leyendo mi experiencia, porque han sido capaces de asimilar desde el primer momento el cambio, o porque su maternidad ha sido más fácil (desde el parto, hasta el comportamiento del bebé, por su predisposición o preparación, por la mayor o menor facilidad para renunciar al desarrollo de las propias inquietudes personales –al menos durante un tiempo-, o porque simplemente tengan más ayuda de la familia).

Afortunadamente, no me considero peor madre que ellas. He llegado igual de lejos con el doble de obstáculos.

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Nota: los pañales sí pegaban, pero él no sabía cómo. Hoy es un padre magnífico.

Por cierto, la respuesta a la pregunta del principio la tenemos clarísima hoy día: lo que hemos hecho ha sido lo mejor de toda nuestra vida.