La niña quiere un bicho

Cuando soñamos con la maternidad  y nos imaginamos a nuestras crías, a menudo conversamos con nuestras parejas (si existen) cómo sería posible que fueran, cómo nos gustaría que fueran, en qué aspectos no querríamos que se parecieran a nosotros de pequeños, en cuáles sí… Finalmente, nace la cría, y todo su material genético se configura tal y como se le antojó al universo el sublime día de la concepción. Y La cría, se gestó recolectora y observadora incansable de bichos. Como su puñetera madre.

Entonces, intentas evitar que se repita tu historial torturador, procurando reorientar a la pequeña investigadora a partir de un aprendizaje social. “Pobres bichitos, déjales que vivan, no los toques, no los cojas, no te los lleves a casa, no comen pan, no los mojes, no se los enseñes a los gatos, no los montes en la bici, no los metas en esa caja sin oxígeno, no aprietes tanto al cogerlo que… lo… espachurras…” Y tan pronto como observas esas escenas padeces un intenso sentimiento místico y esperas que “eso del karma” no exista, que la “ley del más fuerte” prevea y acepte entre sus reglas la curiosidad de los niños y la incapacidad de sus progenitores de reconducir lo que está escrito en sus genes.

IMG_9418Ayer, durante un paseo, nos encontramos con un arriate lleno de “mariquitas” (sé que ése no es el término que las define, y sé cómo son las mariquitas auténticas, pero en Córdoba hemos metido a las dos especies en el mismo saco). La cría quería llevarse una a casa. Estábamos escarmentados de recoger cadáveres de bichos y entre El padre y yo intentamos disuadirla (ya era hora de empezar a enseñarle que los bichos no son juguetes, pensamos. En realidad, éramos unos tristes enternecidos por el sino del desafortunado insecto). Los siguientes diez minutos se describen mucho mejor con un documento gráfico:

Yo viví en el campo parte de mi infancia. Además, antes era frecuente que las familias cordobesas prepararan “peroles” en diversos puntos de la geografía bucólica de nuestro municipio (muy extensa y cercana antes de que se urbanizara lo que nunca se debió consentir urbanizar). Esto es lo que permitió que estuvieran a mi alcance todo tipo de animales “bichescos” vertebrados e invertebrados: hormigas, alúas, avispas y abejas, salamanquesas y lagartijas, saltamontes, libélulas, escarabajos, caracolas y caracoles, lombrices, marranitas, mariquitas, ratones, culebrillas e incluso murciélagos…

Me encantaba jugar a los hospitales de invertebrados, a veces porque los rescataba de las aguas de la piscina o charcos, y otras (la mayoría) porque yo misma experimentaba con ellos ahogándolos previamente y secándolos al sol, o arrancando sus patas, alas y/o antenas (es así como descubrí que las hormigas huelen, aunque me tomen por loca cuando lo cuento). Fui un ser humano excesivamente curioso. Quienes escuchan mis andanzas suelen definir ese comportamiento como frío y cruel. Yo no lo sentía así. Tal vez mi empatía fuera escasa (o nula) con los insectos, y alguna vez experimenté demasiado (algún día profundizaré) con palomos, golondrinas, pollitos, pavitos reales, patitos, hámsteres, jilgueros, canarios, verdones, gorriones, tortugas, etcétera, pero adoraba a los animales. Se trataba, simplemente, de una niña criada en el campo, que montaba guardia para atrapar a los pollitos del vecino cuando atravesaban la valla metálica, trepaba a los árboles y subía por las pareces para ver los nidos de las aves, cazaba salamanquesas para observar de cerca sus escamas, el giro, brillo y color espectacular de sus ojos, su corazón bombeando a través de su piel transparente, sus patas pegajosas y dedos largos…

Quien no ha tenido oportunidad de vivir la naturaleza desde este tipo de puntos de vista, no es quién para juzgar el comportamiento de crías curiosas entusiasmadas con los rasgos, gestos y cotidianeidad de otros seres vivos de nuestro planeta. Yo, madre empática amante de los animales, quiero que mi hija respete a los “bichos” y animales, pero comprendo perfectamente su curiosidad.

EL DESENLACE

Finalmente, cedimos, y una vez más, recolectamos el bichito y lo acogimos en casa con la condición de que si éste se marchaba para volver a su hogar, La cría tenía que aceptarlo y no llorar. Su respuesta fue doble: “no lloraré”, y cerró todas las puertas de casa para decir después: “ya he cerrado todas las puertas, y no se irá”.

IMG_9420Efectivamente, esta mañana la “maquitita” no estaba, pues había escapado por un orificio del recipiente haciendo uso de su instinto de supervivencia. He dejado abiertas las ventanas para que pueda salir si es capaz, pues no la encuentro.

Comenzaré a hacer ejercicios de relajación antes de recoger a La cría de la guardería. Me espera una rabieta histórica cuando descubra que los bichos no desean vivir en nuestra casa, menos aún encerrados en un bote, porque son seres vivos libres que viven en su propio ecosistema y tienen necesidades que nosotras no podemos satisfacer. No va a entenderlo hoy. Pero tendrá que entenderlo algún día… como conseguí entender yo.

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Nota: ningún animal pereció en el transcurso de mis investigaciones (y si lo hizo, no quiero recordarlo). Se excluyen los insectos de la anterior afirmación. No obstante, ha de quedar absolutamente claro que jamás disfruté hiriendo a bichos. Sólo disfruté con mis observaciones, saciando mi curiosidad.

Y tú, ¿no matas cucarachas y mosquitos?

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Por una Navidad laica en la Escuela Pública.

IMG_7952bOtro año más, la misma canción. La ma-paternidad se nos complica a las madres y padres que intentamos escapar de las reglas del juego tradicionales, rancias, arcaicas y “borreguiles”. Las alternativas que muchas personas que nos rodean nos ofrecen no suelen ajustarse a nuestro canon lógico-racional progresista. Tanto se alejan algunas, que acaban por tocarte las narices.

Para no perder la costumbre, os recuerdo que no soy perfecta. Habitan en mí una serie de contradicciones que ni el mejor director de orquesta sería capaz de armonizar. A pesar de todo, os aseguro que busco el equilibrio, de la forma más pasional posible, que para eso una tiene su carácter.

EL PROCESO

Este año la Navidad me ha estallado en toda la cara. Aún siento una leve indigestión, porque me he desdicho, he bebido del agua que no quise beber durante años, he tenido que reconocer que absolutamente nada puede competir con la ilusión de una hija, con su derecho a tenerla y con mi obligación de mantenerla viva, conllevando una incoherencia trágica en mi escala de valores, en mi representación mental de las tradiciones sociales, en mi lucha anti-consumista, en mi juicio condenatorio de la hipocresía de nuestro mundo. Todavía no entiendo por qué para ser una buena madre, en los primeros años de su infancia, tengo que sacrificar tanto, principios y conclusiones racionales. Todo sea por una buena causa.

Todo comenzó cuando sentí que este año la cercanía de la Navidad no me producía ganas de vomitar. Se consolidó al preparar una manualidad navideña en familia. Una coalición de ideas para regalar perforó mi desinterés original (tantos años cultivado). El remate, poner un maldito árbol de Navidad en casa. A la par, la madre sonreía y disfrutaba al ver la ilusión de La cría… mientras la mujer idealista se deshacía derramándose por los suelos.

El fin, justifica los medios. Pero un alma combativa no puede rendirse sin más cuando entran en juego otro tipo de factores. Y es éste el caso de la celebración de las festividades navideñas en la Escuela Pública Infantil de La cría. Puedo comprender y acompañar a mi hija en el camino de una ilusión prefabricada, que El padre y yo acotaremos con mucho sentido común y humildad – y, por supuesto, Laicismo-. Lo que no puedo consentir, y perdonen que no acepte simplificaciones, es que una Escuela Pública invada nuestra decisión de permitir una libertad racional absoluta a nuestra hija, mientras perpetúa en sus aulas una tradición religiosa que no debería tener cabida.

Existen temas muy importantes que deberían tratarse con los padres en la Escuela Pública, porque afortunadamente hay un cambio generacional que debe extrapolarse también al cultivo de algunas tradiciones religiosas que no caben en las aulas. Las aulas están para otras cosas, al menos las públicas. Yo no me asustaré si mi hija reproduce una historia de un bebé que nació en Belén y todo parece un cuento (a título informativo, el saber no ocupa lugar). Mi temor reside en las formas. No es lo mismo hablar de Jesús, que de “dios”, o del “señor”. Eso es solo el principio, y quien tiene que decidir ese principio somos El padre y yo, no un equipo docente de una escuela pública. No se trata de simplificar, sino todo lo contrario. O nos hacemos plenamente responsables de la educación de nuestros hijos, del modo más transversal posible, o una vez más dejamos que sean los docentes, la sociedad arcaica, y las redes de la iglesia quienes lo hagan. No es lo mismo relativizar que someterse. Aceptación, sumisión, sublimación, negación… Son muchas las alternativas, y yo no me conformo con la más fácil, porque ésta no tiene nada que ver conmigo ni con la educación que intento ofrecer a mi hija. Es normal que los creyentes no vean orejas al lobo, ni nadie se lo pide. Pero permitan que pongamos nuestro grano de arena quienes creemos en el Laicismo como punto de partida de una sociedad mucho más plural, libre y fértil.

¿Y A QUÉ VIENE TODO ESTO?

Permitan que estemos alerta. Permitan que nosotros sí veamos orejas al lobo, además de bueys, mulas, angelitos y personajes varios. Éstas son las reflexiones de una madre que intenta que las pequeñas cosas no le pasen desapercibidas cuando se trata de la educación de su hija. El origen concreto de estas reflexiones está en la próxima organización de un “belén viviente” en la Escuela Pública de La Cría. Para ello, cada alumno/a se vestirá con el atuendo de un personaje bíblico determinado de la famosa escena del nacimiento de Jesús. La cría ha de ataviarse de lavandera. “Un mero disfraz”, “lo importante es que disfrute”, “no le va a hacer daño”… Son argumentos que no me convencen, si bien me producen mayor irritación aún.

El demonio está en los detalles, recuerden.

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Nota: en este post estoy generalizando. La Dirección de la Escuela de La Cría, no tiene ni idea aún de mi indignación. ¿Por qué no lo he comentado? Porque ya algunos padres/madres han reaccionado de extraña manera al plantearles que no tenía intención alguna de vestir a La cría de lavandera (a la antigua usanza al menos), puesto que somos ateos y laicos y no nos convence en absoluto la organización de un belén viviente. No seré yo quien les quite su belén, pero sí quien reclame diversidad en las celebraciones y Laicismo en la Escuela Pública. Mañana es el “día D”, y yo todavía estoy planeando mi estrategia…

Genio y figura. Madres y padres con carácter.

Disculpen este ataque de sinceridad, pero ya advertí que tengo ese defecto. Miren, no soy perfecta. Escuchen, soy una madre tan imperfecta, que a veces presumo de mis propios defectos y detecto en la perfección de algunas madres/padres una presencia demasiado frecuente en Los mundos de Yupi.

IMG_5512Me gusta leer. Devoro libros, revistas, blogs, artículos de todo tipo. Tanto me gusta estar informada que si no puedo leer busco audios, podcast, para escucharlos mientras hago otras cosas. Entre mis temas preferidos, cómo no, la maternidad y la Psicología. Cuando escuchas o lees a expertos en la materia, parece que todo fluye, se dota de significado a muchos desconciertos, se comprende y se empatiza… tanto, que parece que sólo por leer y “poner un poco en práctica”, nos convertimos en madres y padres ideales. Disculpen, pero no existen verdades absolutas, tampoco en el mundo de la ma-paternidad.

Hay madres y padres tan perfectos, con tanta paciencia, tan comprensivos y empáticos con sus hijos, que a estos últimos no les puede rozar una pluma porque atenta contra su dignidad, es una falta de respeto y puede producirle secuelas posteriores. Hay madres/padres tan aquiescentes, tan dulces, tan maravillosos, que cuando a una se le “escapa un ataque de nervios”, se siente incómodamente juzgada. Disculpen, simplemente tengo sangre en las venas.

Y es que yo no oculto que pierdo la paciencia unas 10 veces al día. No voy a mentir a nadie negando que alzo la voz (a veces desde las 7 de la mañana; incluso de madrugada). No me avergüenza afirmar que impongo mi autoridad –no me refiero a cachetes-, porque no se puede dialogar siempre (por el amor de dios, hablamos de una niña que aún no ha cumplido tres años), ni que lucho por encabezar el ránking de la más testaruda de casa. Un moquillo rubio no se va a salir con la suya, ya me las apañaré yo para evitarlo. Disculpen, pero el libre albedrío en educación es muy relativo.

Una de las cualidades que no le pueden faltar a una madre/padre es la imaginación. Si La cría no quiere comer fruta, yo soy lo suficientemente inteligente para interpretar los variados mensajes que me envía con su negativa (desde “no me gusta”, “no me apetece ahora porque estoy llena”, “como la pruebe, vomito”, “prefiero un batido”, “métete la fruta por el anillo”… hasta “sé que si continúo llorando, o pido caca, o finjo estar dormida, te cansarás y seré happy consiguiendo mi objetivo”), y para adaptarme a una estrategia en función de la suya. No es cuestión de forzar por forzar, pero tampoco se puede ceder aludiendo frustraciones infantiles. LOS NIÑOS/AS TIENEN QUE APRENDER A FRUSTRARSE. Si las madres/padres sólo ponemos alfombras de seda bajo sus pies, acabarán sufriendo mucho más cuando toquen el suelo que hay debajo. Disculpen, hay muchos tipos de suelo… Algunos muy profundos.

Yo grito. Me desespero. Intervengo en sus desafíos. Yo NO CEDO. Yo NEGOCIO. Cuando tienes una hija muy cabezota y rebelde emergen entre tus capacidades artes de negociación muy severas. Mi día transcurre negociando, lo que demuestra que La cría no pierde su espíritu rebelde (me gustaría que lo conservara siempre), y que cada jornada tengo que derrochar imaginación para variar estrategias, validar hipótesis, ensayar, errar… acertar… Disculpen, el aprendizaje es también cuestión de métodos.

¿Serán tan perfectos como aparentan?

A veces me gustaría ver una “mirilla” a esas madres/padres que escudándose en el respeto hacia sus hijos/as desvirtúan la realidad de la vida. El respeto es la base, pero no puede ser la salvaguarda de todos los comportamientos complicados de nuestros/as hijos/as. El respeto es la base, y las madres/padres con temperamento debemos equilibrar nuestras estrategias con sentido común. La adaptación al contexto será mucho más efectiva con inteligencia, sentido común e imaginación, que con padres escrupulosamente respetuosos.

Cuando me equivoco, cojo las manos de La cría, miro sus ojos, y le pido perdón. Entonces ella entiende que mami está reconociendo sus fallos y los corrige. Entonces ella aprende a perdonar. Entonces ella acepta que su madre no es perfecta. Entonces ella sonríe, me abraza, y me besa…

El mensaje de una madre/padre con carácter, contiene tanto amor como el de cualquier otra buena madre/padre. Disculpen.

“DILE A MAMÁ QUE TE DÉ UN HERMANITO”

526028_10151183748956586_912086537_nbMientras escribo este post, vigilo a La cría, que duerme la fiebre que le produce una laringitis, chateo con mis amigas a través de Whatsapp (normalmente en nuestras conversaciones yo elevo la voz optimista, pero hoy me he cansado de resaltar lo bueno), actualizo currículos, busco ofertas de trabajo, contacto con colegas de la Facultad por si me pueden echar una mano, reviso los medios sociales de un proyecto empresarial que apenas podemos sacar adelante, El padre vuelve conduciendo de su lugar de trabajo (a 80 km de donde residimos…), leo artículos variados, estoy pendiente del desalojo de un Colegio “liberado”, estoy pendiente de la lavadora… Y podría seguir. El multitasking de una madre es vertiginoso. El de una madre que intenta buscarse la vida… no tiene descanso.

Cuántas veces habré escuchado con cara avinagrada la manida frasesita: “Dile a mamá que te dé un hermanito”, o la versión directa: “Y tú, ¿cuándo vas a ir a por el otro?”. Qué absurdas son las palabras cuando se habla desde la ignorancia. Además, tampoco apetece pararse a discutir sobre tus reflexiones racionales, cuando parece que la gente sólo sabe hablar del “instinto maternal” y otras sandeces.

Para empezar, somos lo suficientemente responsables como para decidir el cese inmediato de la reproducción en nuestro nido familiar, al menos, hasta que tengamos garantizados los ingresos suficientes para subsistir, pagar hipoteca y demás facturas, y poder respirar un poco después de mucho tiempo contenidos. Para continuar, somos lo suficientemente responsables como para decidir dedicar el 100% de nuestros recursos económicos, culturales, temporales, espaciales, creativos, educativos, fisiológico-biológicos, afectivos, etc. a nuestra única hija. No queremos compartir esos recursos con nadie más, porque es todo lo que tenemos y ella se merece disfrutarlos con pleno dominio hasta que alcance un mínimo de independencia.

Qué exagerada, diréis. Posiblemente, aún no hayáis sido padres. Posiblemente, si lo sois, no llevaréis dos años y ocho meses sin dormir. Posiblemente, fueron bebés normales, de esos que “sólo comen y duermen”, y no empezaron a gatear con poco más de 4 meses, no se pusieron en pie sin ayuda con 6 meses, y no anduvieron con 9 meses (apoyada, con 8). Posiblemente, vuestros hijos no sean puro nervio rebelde, abanderados del “no”, psicomotrizmente precoces con ausencia del más mínimo sentido de la prudencia, inquietos y curiosos 24 horas, perseguidores de gatos, traviesos profesionales, etcétera, etcétera, etcétera. Y que conste, que para nosotros La cría es absolutamente perfecta. Pero tan perfecta es, que hace que nuestras imperfecciones destaquen demasiado. 

La ma-paternidad, siempre lo he dicho, es muy compleja, y todo se complica mucho más con las actuales circunstancias económico-laborales. Las parejas de hoy somos muy diferentes a las que formaron núcleos familiares hace 20 y 30 años. Los padres se implican más, se sacrifican más y participan más en la crianza. Las madres combinamos la crianza con un trabajo, o con la búsqueda de uno. Por tanto, el desgaste de ambos miembros de la pareja es doble.

Una vez me dijeron que tener un segundo hijo no suponía el doble de trabajo, sino que ese trabajo se multiplicaba de forma exponencial. Yo no quiero ni pensarlo. Para mí no tiene sentido tener prisa en “completar la familia”. De hecho, tal y como se ha estructurado nuestra sociedad y del modo en que han involucionado nuestras oportunidades, no descarto renunciar a “ese hermanito”. Mi ventaja es mi juventud. Aún tengo tiempo para posponer la segunda maternidad, y estoy plenamente satisfecha con la primera.

Este post continuará.

Si pensáis que es muy triste criarse sola en esta vida, os doy la razón. Idealmente, es bello y práctico contar con la compañía de un/a hermano/a. Pero todos estamos de acuerdo en que lo ideal es una cosa, y la realidad otra muy diferente.

Posiblemente, si tuviera una trabajo digno me tragaría todas estas palabras y no habría reflexionado más de la cuenta sobre los costes y beneficios de retrasar la segunda maternidad e incluso de renunciar a ella. Aunque algo sí tengo clarísimo: hasta que no duerma del tirón 6 meses seguidos, ni de coña. Y creo que los gatos también me apoyan.