¡Hostia!

“MariJose, ¿la niña dice una palabrota?”. “No sé, ¿qué palabrota?”. “¿Dice ‘hostia’?” (bajando mucho el tono). “Que yo sepa no, no la he escuchado, pero como habla tan raro igual lo ha dicho delante de mí y yo he entendido otra cosa”. “Pues lo dice clarísimo”. “¡Pues ríñele, y no le vayáis a reír la gracia!”. “Ya le hemos dicho que eso no se dice, pero se le cae algo al suelo, o le llama algo la atención y suelta: ¡hostia!”…

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Estaba yo en el Ikea tan feliz, y esta interrupción me trasladó unos minutos al mundo real de la maternidad y la educación. Mi niña diciendo su primera palabrota. Me reí, qué queréis que os diga, no voy a mentir, tenía su gracia. Se lo conté a El padre. “Bueno, hostia no es una palabrota”. En realidad tiene toda la razón del mundo. “Ya, cari, pero no me apetece nada cruzarme con las miradas y comentarios reprobatorios de la gente, que ya sabes cómo te prejuzgan a la mínima como madre y cómo criminalizan a La cría por cosas de chiquillos”.

De niña no decía palabrotas (más me valía), más allá de ‘joé’ (que nunca consideré tal, ni conocía su origen). Un día llegó mi hermano a casa con ‘hostias’ en la boca, y se armó la de dios. Ante el caso omiso del niño, y de tanto escucharla, mi inconsciente la asimiló y acabé añadiéndola a mi vocabulario habitual sin mi propia conformidad.

“Mamá, pues os habrá escuchado a vosotros”. “Nosotros no decimos esa palabra”. “La habrá aprendido en la guardería, porque yo tampoco la digo, y El padre menos”. Oh, no…simplemente delante de ciertas personas reacciono con unos reflejos asombrosos y sustituyo la palabreja, sobre la marcha, por ‘ostra’… Sí, tengo que reconocer que probablemente se me haya escapado más de 10 o 20 veces delante de La cría

Así que la culpa es mía… ¿Sabéis que os digo? Prefiero una niña ordinaria (con matices) que una cursi. No soporto los remilgamientos tipo ‘jolín’, ‘jolines’, ‘cachis’, ‘jopa’, etc.

Recogimos a La cría de casa de la abuela y en los primeros minutos nos atacó a ‘hostias’ limpias, a diestro y siniestro. De acuerdo, cambio de táctica… Era demasiado evidente que teníamos que corregirle inmediatamente. (Yo me refugié en la cocina para reírme… tan chica y con ese dominio del castellano… qué encanto)

De ahí al disimulo y a la materialización práctica de la inteligencia de La cría, un paso. Si estábamos delante y se le colaba la expresión, la disfrazaba de “dos días” (sí, brutal), o comenzaba a cantar “hos, hos, hos….” Con un ritmo inventado, o simplemente susurraba para que no la escucháramos.  A las 72 horas no había ‘hostias’ en casa.

El castellano… ¡y el inglés!

Poco después, estábamos viendo los dibujos (siempre en inglés) y La cría se giró hacia mí diciendo: “no, mami, eso no, ¿¿hostia?? no”, mientras señalaba la tele. Rápidamente retrocedí la reproducción del vídeo y… el personaje, asombrado, decía: “oh, dear!” (haced la prueba fonética con perfecta pronunciación british)

Vamos, pa’ hostiarnos…

Moralejas: el bilingüismo tiene sus puntos débiles. Las pronunciaciones infantiles en los dos años son muy maleables, por lo que aquello que una vez fue ‘oh, dear’, se puede acabar convirtiendo en ‘hostia’ si el resto de la familia le repetimos la palabra maldita una y otra vez mientras se supone que le corregimos la expresión. La cría se puede volver loca. La madre se está quitando de las ‘hostias’, de los ‘coños’, de los ‘cabrones’, de los ‘hijo/a puta”, por si acaso. Al final La cría es la que riñe cuando se dice ‘hostia’, e incluso ‘ostra/ostras’, y ‘oh, dear!’ (y no se le escapa ni una). La abuela tiene que afinar el oído. La idea más inteligente habría sido hacernos los suecos en Ikea.

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