“DILE A MAMÁ QUE TE DÉ UN HERMANITO”

526028_10151183748956586_912086537_nbMientras escribo este post, vigilo a La cría, que duerme la fiebre que le produce una laringitis, chateo con mis amigas a través de Whatsapp (normalmente en nuestras conversaciones yo elevo la voz optimista, pero hoy me he cansado de resaltar lo bueno), actualizo currículos, busco ofertas de trabajo, contacto con colegas de la Facultad por si me pueden echar una mano, reviso los medios sociales de un proyecto empresarial que apenas podemos sacar adelante, El padre vuelve conduciendo de su lugar de trabajo (a 80 km de donde residimos…), leo artículos variados, estoy pendiente del desalojo de un Colegio “liberado”, estoy pendiente de la lavadora… Y podría seguir. El multitasking de una madre es vertiginoso. El de una madre que intenta buscarse la vida… no tiene descanso.

Cuántas veces habré escuchado con cara avinagrada la manida frasesita: “Dile a mamá que te dé un hermanito”, o la versión directa: “Y tú, ¿cuándo vas a ir a por el otro?”. Qué absurdas son las palabras cuando se habla desde la ignorancia. Además, tampoco apetece pararse a discutir sobre tus reflexiones racionales, cuando parece que la gente sólo sabe hablar del “instinto maternal” y otras sandeces.

Para empezar, somos lo suficientemente responsables como para decidir el cese inmediato de la reproducción en nuestro nido familiar, al menos, hasta que tengamos garantizados los ingresos suficientes para subsistir, pagar hipoteca y demás facturas, y poder respirar un poco después de mucho tiempo contenidos. Para continuar, somos lo suficientemente responsables como para decidir dedicar el 100% de nuestros recursos económicos, culturales, temporales, espaciales, creativos, educativos, fisiológico-biológicos, afectivos, etc. a nuestra única hija. No queremos compartir esos recursos con nadie más, porque es todo lo que tenemos y ella se merece disfrutarlos con pleno dominio hasta que alcance un mínimo de independencia.

Qué exagerada, diréis. Posiblemente, aún no hayáis sido padres. Posiblemente, si lo sois, no llevaréis dos años y ocho meses sin dormir. Posiblemente, fueron bebés normales, de esos que “sólo comen y duermen”, y no empezaron a gatear con poco más de 4 meses, no se pusieron en pie sin ayuda con 6 meses, y no anduvieron con 9 meses (apoyada, con 8). Posiblemente, vuestros hijos no sean puro nervio rebelde, abanderados del “no”, psicomotrizmente precoces con ausencia del más mínimo sentido de la prudencia, inquietos y curiosos 24 horas, perseguidores de gatos, traviesos profesionales, etcétera, etcétera, etcétera. Y que conste, que para nosotros La cría es absolutamente perfecta. Pero tan perfecta es, que hace que nuestras imperfecciones destaquen demasiado. 

La ma-paternidad, siempre lo he dicho, es muy compleja, y todo se complica mucho más con las actuales circunstancias económico-laborales. Las parejas de hoy somos muy diferentes a las que formaron núcleos familiares hace 20 y 30 años. Los padres se implican más, se sacrifican más y participan más en la crianza. Las madres combinamos la crianza con un trabajo, o con la búsqueda de uno. Por tanto, el desgaste de ambos miembros de la pareja es doble.

Una vez me dijeron que tener un segundo hijo no suponía el doble de trabajo, sino que ese trabajo se multiplicaba de forma exponencial. Yo no quiero ni pensarlo. Para mí no tiene sentido tener prisa en “completar la familia”. De hecho, tal y como se ha estructurado nuestra sociedad y del modo en que han involucionado nuestras oportunidades, no descarto renunciar a “ese hermanito”. Mi ventaja es mi juventud. Aún tengo tiempo para posponer la segunda maternidad, y estoy plenamente satisfecha con la primera.

Este post continuará.

Si pensáis que es muy triste criarse sola en esta vida, os doy la razón. Idealmente, es bello y práctico contar con la compañía de un/a hermano/a. Pero todos estamos de acuerdo en que lo ideal es una cosa, y la realidad otra muy diferente.

Posiblemente, si tuviera una trabajo digno me tragaría todas estas palabras y no habría reflexionado más de la cuenta sobre los costes y beneficios de retrasar la segunda maternidad e incluso de renunciar a ella. Aunque algo sí tengo clarísimo: hasta que no duerma del tirón 6 meses seguidos, ni de coña. Y creo que los gatos también me apoyan.

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Lista de la compra sin pañales. Bye, bye pañal!

Qué nervios, es mi primera entrada en el blog más pospuesto de la historia. Qué osadía comenzar tan escatológicamente, hablando de pipí y de caca. Qué desvergonzada, contando facetas tan íntimas de la familia. Qué altiva, presumiendo de un nuevo éxito en el duro camino de la maternidad. Qué me creo yo, dando consejos…

“Pues mi niña aprendió a hacer pipí y caca en un día”. Y  claro, te preguntan “¿cómo lo hiciste?, ¡cuenta, cuenta!”. Y tan harta estaba ya de narrar 24 horas por Whatsapp, que consideré más práctico escribir una entrada completa en mi nuevo blog e inaugurarlo sin complejos.

¿Cómo preparar el “día D”?Byebyepañal

¿Pero se prepara? No seré yo quien se jacte de impulsividad, pero ese día me tiré de cabeza a la piscina. ¿Por qué? Porque me quedaban 8 pañales, era sábado (luego, al día siguiente domingo, y no hay quien se apañe con 8 pañales 48 horas), no tenía ganas de coger el coche para ir hasta el supermecado en el que estaban de oferta los pañales que nuestra economía familiar nos permitía comprar, y me apeteció tantear a Adriana.

Avisé a El padre de sopetón. Tracé un perverso plan en lo que se tarda en buscar información por la red, y forcé al padre y a la hija a seguir cada uno de los pasos.

[No obstante, es muy importante que se destine un fin de semana completo para iniciarles en el arte del control de esfínteres]

Paso 1. Invéntate la canción y el baile del pipí.

Pierde el sentido del ridículo. Nosotros utilizamos como base el ritmo de la canción de los  Fraguels Rock, y la letra tan simple como “vamos a hacer pipí, vamos aaaaahacer piiiiipiiiii” (repeat). Hicimos una fila, y bailamos y cantamos hasta el baño. Sí, Adriana flipaba.

Paso 2. Los niños aprenden lo que ven.

Pierde el pudor. Lo que lees, hicimos pipí con Adriana como observadora, exageramos la gesta (aplaudimos, fingimos que habíamos hecho algo extraordinario con “guaaauuuus” por doquier, nos llamamos campeones, etc.), dijimos adiós al residuo fisiológico y ella miró asombrada cómo desaparecía al tirar de la cisterna.

Fue entonces cuando le propusimos si quería hacerlo ella también. La respuesta fue un sí ansioso. Creímos más conveniente que utilizara el orinal (de Ikea, no hay que complicarse), y allí se sentó un rato. La primera vez el pipí fue imaginario, porque lo único que Adriana hizo fueron fiestas, pero la segunda vez volvimos al paso 1, repitiendo el paso 2 y… lo consiguió. Jugar con agua les ayuda a sentir ganas de orinar, al igual que darles de beber, por lo que le pusimos el orinal cerca y la dejamos chapotear.

Paso 3. Paciencia. Estamos jugando, que es la mejor manera de aprender.

Claro que se le olvidó pedir pipí y se lo hizo encima unas cuantas veces. Por ello hay que preguntarle con mucha frecuencia si tiene ganas, preparar muchas mudas, explicarle con tranquilidad lo que ha ocurrido, recordarle que ya no lleva pañal y que tiene que hacer sus necesidades en el orinal (nosotros fuimos muy simples en la explicación: “ahí sí, ahí no”, “ahí sí, ¡biennn!, ahí no, ¡ohh!”; los opuestos los entiende perfectamente y es fácil trabajar con ellos en muchos casos)

Yo no vi práctico cambiarle de ropa y limpiarle con tanta frecuencia, por eso opté por dejarla desnuda de cintura para abajo. Eso puede hacerse si la temperatura ambiente acompaña, y debes olvidarte de salir a la calle ese día.  Llega un momento en el que ella ha captado tan bien la secuencia, que sin la ayuda de nadie se acerca al orinal bailando y cantando, se sienta (por eso sin ropa también es mejor), lo hace, y nos avisa para que aplaudamos con ella y la ayudemos a verterlo en el WC para decirle adiós.

No olvidemos que lo hemos convertido en un juego divertido, con el que ella se observa a sí misma progresando, del que somos partícipes orgullosos y pacientes, con el que debemos evitar que adquiera miedos, complejos, resistencias, etc.

Importante.

Como apunte, me parece que se pueden evitar complejos y demás problemas posteriores si les dejamos el pañal puesto por la noche una temporada. Adriana me pide el pipí también de noche, y le quito el pañal seco por las mañanas, pero creo que así sentirán más confianza en sí mismos que si algún día amanecen empapados.

Quiero destacar que no existe una edad/momento determinados para quitar el pañal. Ninguna estrategia servirá si el niño/a aún no es aún capaz de controlar sus esfínteres o no es lo suficientemente maduro cognitivamente (algo que forma parte de la evolución natural de cada ser humano, recordemos que somos diferentes). Yo jamás supuse que Adriana lo pillaría a la primera. Si no lo hubiera hecho, le habría puesto su pañal de nuevo y lo habría vuelto a intentar unas semanas después. No hay que tener prisas, sólo sentido común.

Promesa.

Prometo una entrada más práctica/metodológica, con más detalles que pueden echarse de menos. Perdón por las parrafadas, es mi primera vez…