Por una Navidad laica en la Escuela Pública.

IMG_7952bOtro año más, la misma canción. La ma-paternidad se nos complica a las madres y padres que intentamos escapar de las reglas del juego tradicionales, rancias, arcaicas y “borreguiles”. Las alternativas que muchas personas que nos rodean nos ofrecen no suelen ajustarse a nuestro canon lógico-racional progresista. Tanto se alejan algunas, que acaban por tocarte las narices.

Para no perder la costumbre, os recuerdo que no soy perfecta. Habitan en mí una serie de contradicciones que ni el mejor director de orquesta sería capaz de armonizar. A pesar de todo, os aseguro que busco el equilibrio, de la forma más pasional posible, que para eso una tiene su carácter.

EL PROCESO

Este año la Navidad me ha estallado en toda la cara. Aún siento una leve indigestión, porque me he desdicho, he bebido del agua que no quise beber durante años, he tenido que reconocer que absolutamente nada puede competir con la ilusión de una hija, con su derecho a tenerla y con mi obligación de mantenerla viva, conllevando una incoherencia trágica en mi escala de valores, en mi representación mental de las tradiciones sociales, en mi lucha anti-consumista, en mi juicio condenatorio de la hipocresía de nuestro mundo. Todavía no entiendo por qué para ser una buena madre, en los primeros años de su infancia, tengo que sacrificar tanto, principios y conclusiones racionales. Todo sea por una buena causa.

Todo comenzó cuando sentí que este año la cercanía de la Navidad no me producía ganas de vomitar. Se consolidó al preparar una manualidad navideña en familia. Una coalición de ideas para regalar perforó mi desinterés original (tantos años cultivado). El remate, poner un maldito árbol de Navidad en casa. A la par, la madre sonreía y disfrutaba al ver la ilusión de La cría… mientras la mujer idealista se deshacía derramándose por los suelos.

El fin, justifica los medios. Pero un alma combativa no puede rendirse sin más cuando entran en juego otro tipo de factores. Y es éste el caso de la celebración de las festividades navideñas en la Escuela Pública Infantil de La cría. Puedo comprender y acompañar a mi hija en el camino de una ilusión prefabricada, que El padre y yo acotaremos con mucho sentido común y humildad – y, por supuesto, Laicismo-. Lo que no puedo consentir, y perdonen que no acepte simplificaciones, es que una Escuela Pública invada nuestra decisión de permitir una libertad racional absoluta a nuestra hija, mientras perpetúa en sus aulas una tradición religiosa que no debería tener cabida.

Existen temas muy importantes que deberían tratarse con los padres en la Escuela Pública, porque afortunadamente hay un cambio generacional que debe extrapolarse también al cultivo de algunas tradiciones religiosas que no caben en las aulas. Las aulas están para otras cosas, al menos las públicas. Yo no me asustaré si mi hija reproduce una historia de un bebé que nació en Belén y todo parece un cuento (a título informativo, el saber no ocupa lugar). Mi temor reside en las formas. No es lo mismo hablar de Jesús, que de “dios”, o del “señor”. Eso es solo el principio, y quien tiene que decidir ese principio somos El padre y yo, no un equipo docente de una escuela pública. No se trata de simplificar, sino todo lo contrario. O nos hacemos plenamente responsables de la educación de nuestros hijos, del modo más transversal posible, o una vez más dejamos que sean los docentes, la sociedad arcaica, y las redes de la iglesia quienes lo hagan. No es lo mismo relativizar que someterse. Aceptación, sumisión, sublimación, negación… Son muchas las alternativas, y yo no me conformo con la más fácil, porque ésta no tiene nada que ver conmigo ni con la educación que intento ofrecer a mi hija. Es normal que los creyentes no vean orejas al lobo, ni nadie se lo pide. Pero permitan que pongamos nuestro grano de arena quienes creemos en el Laicismo como punto de partida de una sociedad mucho más plural, libre y fértil.

¿Y A QUÉ VIENE TODO ESTO?

Permitan que estemos alerta. Permitan que nosotros sí veamos orejas al lobo, además de bueys, mulas, angelitos y personajes varios. Éstas son las reflexiones de una madre que intenta que las pequeñas cosas no le pasen desapercibidas cuando se trata de la educación de su hija. El origen concreto de estas reflexiones está en la próxima organización de un “belén viviente” en la Escuela Pública de La Cría. Para ello, cada alumno/a se vestirá con el atuendo de un personaje bíblico determinado de la famosa escena del nacimiento de Jesús. La cría ha de ataviarse de lavandera. “Un mero disfraz”, “lo importante es que disfrute”, “no le va a hacer daño”… Son argumentos que no me convencen, si bien me producen mayor irritación aún.

El demonio está en los detalles, recuerden.

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Nota: en este post estoy generalizando. La Dirección de la Escuela de La Cría, no tiene ni idea aún de mi indignación. ¿Por qué no lo he comentado? Porque ya algunos padres/madres han reaccionado de extraña manera al plantearles que no tenía intención alguna de vestir a La cría de lavandera (a la antigua usanza al menos), puesto que somos ateos y laicos y no nos convence en absoluto la organización de un belén viviente. No seré yo quien les quite su belén, pero sí quien reclame diversidad en las celebraciones y Laicismo en la Escuela Pública. Mañana es el “día D”, y yo todavía estoy planeando mi estrategia…

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