Mamá atea, minoría incomprendida.

En este país, lo habitual es bautizar a los críos durante su primer año de vida, hablarles del niño Jesús y compañía antes de dormir, dejarles asistir a clases de religión en la escuela, apuntarles a catequesis para hacer la primera comunión sobre los 9 años, esperar a que los críos crezcan y decidan si han asimilado como inseparable de su condición humana viviente la fe en un dios, o simplemente, se acepten a sí mismos como seres finitos, caducos, independientes de omnipotencia alguna (y de sus manifestaciones terrenales ), librepensadores… ateos.

Ése es el camino en este país. El que está bien visto. El camino de la mayoría, que se suele respetar, perpetuar, incluso imponer (imposiciones sigilosas, o no) . Pero de pronto, entre tanto convencionalismo, asoma la cabeza una madre que busca un desvío, una alternativa, oxígeno. Y todos la miran. Algunos cuchichean, otros miran con desprecio, hay quien se lanza a dar su opinión sin que nadie se la haya pedido (con su bandera del bien, persiguiendo el mal), y los pocos que empatizan… suelen esconderse. Es cuando llega el momento de emprender una cruzada. Porque nadie tiene derecho a cuestionar la inteligencia de una madre que se sustenta en el libre pensamiento, la razón, la crítica y el recuerdo de un adoctrinamiento.

Niña beata. Adolescente y joven atea. Madre hereje.

Esta madre (maldita madre hereje), estudió en un colegio de monjas. Nunca ha sentido complejo por ello. Su educación, basada en valores y moral cristiana católica, fue sólidamente positiva. Participó con fe plena en cada oración matutina, en cada eucaristía, en cada una de las múltiples celebraciones con contenido religioso que se programaban (por cierto, perdiendo horas lectivas). En casa, leía la Biblia. Cada noche, rezaba un conjunto de oraciones (cual compulsión, no podía dormir de otra manera). Se emocionaba con los pasajes bíblicos, con escenas de capillas e iglesias, con imágenes de cristos y vírgenes, incluso con películas y canciones. Esta madre, aprendió religión católica con sobresalientes, y fue receptiva al adoctrinamiento. Hasta que un día, con 14 años, se paró en seco en su cama, mientras leía uno de los cientos de libros que devoraba en su adolescencia, y a solas consigo misma, pensó: “¿quién me dice a mí que no me han estado engañando todo este tiempo? ¿quién me puede demostrar que dios existe? Es posible que todo en lo que creo no haya sido más que un lavado de cerebro, una venda en mis ojos”. Y así, en unos segundos (y es un recuerdo imborrable), derrapó en el camino de los católicos, cesó su paso, y se dio la vuelta.

Trece años después, nació La cría. No hubo que negociar nada con El padre respecto a sacramento alguno. Nuestro camino era diferente. Educaríamos a nuestra hija en la libertad. Señoras y señores, no en “vuestra libertad”. La auténtica libertad, creo ferviente y objetivamente, no tiene como punto de partida un bautismo, rezos nocturnos, clases de religión y adoctrinamiento. Ese camino, es muchas ocasiones es irreversible, y veta por completo, una vez que la fe está instalada en las entrañas, la elección autónoma. La libertad, señoras y señores de la mayoría, comienza en un hogar sin crucifijos ni neurosis. En un hogar con inteligencia, sentido común, cultura, y libros. En un hogar con unos padres responsables que sabrán guiar, responder, e incluso adaptarse (con resignación) a las costumbres religiosas arraigadas en nuestro entorno. En esta casa, se enseñará “religiones”. La cría, sabrá que hay personas en este mundo que creen en un ser superior, por el que sienten devoción, y que siguen preceptos establecidos  en los que basan parte de su comportamiento (ya le hablaremos de la hipocresía) y por los que conservan muchas festividades. Nadie la mantendrá en una burbuja, porque se relacionará con creyentes, entrará en iglesias, estudiará todo tipo de acontecimientos históricos con base religiosa, y aprenderá a valorar el arte que las religiones nos han dejado. Y si entonces, se le remueve un afecto interior, y siente la necesidad de dar sentido a una vida perecedera aferrándose a una determinada fe, os aseguro que no la encarcelaremos en su dormitorio, ni le suministraremos electroshocks, ni utilizaremos el látigo para devolverla a nuestro camino.

 ¿Dónde vamos, mamá? IMG_0277b

Estos días hemos paseado con La cría entre bullicio, olor a incienso y música sacra. “¿Dónde vamos, mamá?” “A ver lo que hacen los católicos”. Una respuesta objetiva, una respuesta obvia (porque nosotros no somos católicos ya, y ella no lo ha sido nunca. Es un axioma lógico puro). ¿Reacciones a esta respuesta? Diversas, e irrespetuosas con nuestro rol paternal.

Tú no le influyas a la niña”. Claro que no, sois vosotros quienes tenéis el privilegio divino de influir sobre la cría que yo he parido. No somos sus padres quienes debemos influir en ella, como buenos protectores, custodios, tutores. Debemos callarnos ante la mayoría, y bajar la cabeza aceptando vuestras imposiciones. Tenemos vetada la ínfima posibilidad de dotar de luz y razón a nuestra hija en un burdel de evangelios y cielos prometidos (ojo, la palabra “burdel” es un mero recurso poético. Defectos estilísticos de los aficionados a la escritura. Pura inocencia). Por cierto, ¿y los padres católicos no influyen en sus hijos? ¿es que ellos sí pueden influir, y yo no?

¿Y si aplicáramos esa frase a otros contextos de la vida? Yo no podría influir en mi hija para que no mate animales (oye, quién sabe, tal vez le guste la caza, debería dejarla que practicara y que decida después), tampoco podría influir en que no sea violenta, en que no beba alcochol o consuma otro tipo de drogas, en que se alimente bien (déjala, que sea una anoréxica, que sea libre), ¿y una pirómana?, ¿una terrorista, tal vez?. Señoras y señores, sé que estarán pensando que soy una exagerada. Nada más lejos de la realidad. Los padres somos las guías de nuestros hijos, su pilar, su sustento. Tan importante es para algunos abastecer a sus hijos de una idea de dios, de una segunda vida tras la muerte (no deja de ser una defensa natural del ser humano, estudiada y analizada, que puedo comprender perfectamente), como para mí mantener en la virginidad de credo a La cría hasta que su capacidad de discernimiento sea lo suficientemente consistente como para que su elección no se base únicamente en una emoción enraizada desde la infancia (no nos engañemos, la emoción religiosa es sublime. No no soy ajea a ella). Mi influencia es básica, y NO ES DAÑINA. Quien piense lo contrario, debería psicoanalizarse, y/o hablar con Sor Lucía.

Mi hija no necesita un referente religioso para sobrevivir sus primeros años de vida. Tal vez lo necesite cuando empiece a cuestionarse las injusticias de esta vida, la muerte, etc. Pero en tan temprana edad, su referente somos nosotros, y nuestras respuestas racionales basadas en la experiencia y el conocimiento.

Anda, si la niña no entiende que le digas que vamos a ver lo que hacen los católicos”. Claro, pero sí entiende quién es el niño Jesús, por qué hay un muñeco lleno de sangre clavado en una cruz (afortunadamente, no vimos ningún crucificado), qué es dios, por qué se reza a algo que no se ve, qué significado tiene rezar, etc. etc. etc. Es absurdo. La cría no entiende aún quiénes son los católicos, pero la educación es un proceso. Y nosotros tenemos que responder a sus preguntas. ¿La respuesta adecuada tendría que haber sido “vamos a ver al señor y a la virgen”?. ¿Eso lo habría entendido mejor?

Tírale besos a la virgen”. Pues que se los tire. Si la familia cree que yo me voy a poner un chaleco lleno de explosivos porque digan a La cría, con 3 años, que lance besos a una escultura, está claro que no me conocen.

Mira, santíguate”. Esto ya me hierve un poco más la sangre, pero yo he entrado a Mezquitas en Estambul y he cubierto mis piernas y mi cabeza sin ningún problema. Tampoco llegará la sangre al río. El hecho de santiguarse no produce conexiones neuronales pro-católicas que deban asustarme.

Esto es una democracia. Tú no tienes que decirle a la niña lo que tiene que hacer”. Ni me detengo. Ignorancia. Contra la ignorancia, poco se puede hacer y decir.

Pues tú estuviste en un colegio de monjas”.  Precisamente por eso soy hoy la atea que soy. Repito, que me siento muy orgullosa de mi educación, y más aún, de mis reacciones antes ésta. Conozco personas que tuvieron secuelas muy importantes por haber estudiado en ese colegio. Yo, sin embargo, mantuve una buena relación con “mis monjas”, incluso después de convertirme al ateísmo. Es más, estando en la Universidad, nos carteábamos, y hablábamos abiertamente de mi ateísmo y de mi rebeldía. Una atea, escribiéndose cartas con varias monjas, hablando de sus relaciones sentimentales, de sus miedos, de su nula fe en dios. ¿Realmente merezco la hoguera?

¿Qué me gustaría?

Que los católicos se pusieran en el lugar de los ateos de vez en cuando, y reconozcan en sus hechos y reacciones que somos personas inteligentes, razonables, respetuosas, sentimentales, que simplemente hemos elegido otro camino diferente, sin pensamiento mágico. Que tenemos idéntico derecho que ellos a criar a nuestros hijos en nuestros valores. Que el orden moral de un ateo no es peor que el de un católico. Que no se puede sentir lo que no se siente.

A veces pienso que los ateos somos incómodos. Tal vez, temen las arenas movedizas de la diversidad, de la crítica, de la razón pura, de la elección racional diferente.

Dice Michael Onfray, en su Tratado de ateologíaMi ateísmo se enciende cuando la creencia privada se convierte en un asunto público y cuando, en nombre de una patología mental personal, se organiza el mundo también para el prójimo”.

Cada uno tenemos nuestras opiniones. Yo respeto profundamente a quienes educan a sus hijos en esa neurosis social (como ya he dicho, es un maravilloso mecanismo de defensa). Por favor, respétenme a mí y no se metan nunca más en mi crianza atea natural.

Nota: si me garantizan que rezando todas las noches, La cría dormirá del tirón y no se despertará a las 6.30 de la mañana… Me lo pienso.