Cambios en el blog.

Pronto volveré con cambios en el blog. Espero hacer más atractivas vuestras visitas y ampliar los temas de reflexión.

Muchas habéis contactado conmigo para que hable sobre la recuperación física  post-embarazo, post-parto y post-lactancia. Os prometo algunas entradas al respecto.

Entre otras novedades, contaré con un equipo de colaboradores invitados, que nos ayudará a entender mejor la mente y la pa-maternidad. Quizá me atreva a invitar a algunos/as compañeros/as politólogos/as para reflexionar sobre los últimos acontecimientos socio-políticos más mediáticos. Y aprovecho para pediros sugerencias sobre temas que os gustaría que se trataran en este ecléctico blog.

Este segundo año traerá muchos más contenidos.

“Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”

             Eduardo Galeano.

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Advertencia. Muy importante.

“Mal puedo esperar mejor fortuna cuando estoy persuadido de que hablar es una operación mucho más ilusoria de lo que suele creerse; por supuesto, como casi todo lo que el hombre hace. Definimos el lenguaje como el medio que nos sirve para manifestar nuestros pensamientos. Pero una definición, si es verídica, es irónica, implica tácitas reservas, y cuando no se la interpreta así, produce funestos resultados”

Pasaje de:
José Ortega y Gasset. “La rebelión de las masas”.

 

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[Para todos/as los/as que suelen ofenderse con mis post/comentarios digitales. La ofensa está en vuestra cabeza, y si no captáis la ironía de mis palabras, tenéis un doble problema del que yo no soy responsable]

Ego-retrato.

[Escrito en enero de 2007]

Qué te parece si nos desnudamos inmediatamente. Pero despacio… Venga… no es la primera vez, tú lo sabes.  Han sido muchas las ocasiones en las que nos hemos sorprendido abrazados, inquietos ante el mundo de sensaciones que se arremolinaba por nuestros cuerpos.  Es cierto que ha pasado el tiempo, pero la penumbra nos protegerá de las dilaciones que la timidez provoque en nuestro encuentro. Si quieres… comienzo yo… y así te recreas un poquito… anímate mientras tanto.IMG_1925

Me suelen querer.  Suena vanidoso por mi parte jactarme de ello, posiblemente me agrade evidenciarlo, pero sabes que tú también, más o menos, me has querido.  Es una suerte, la recompensa de una vida de lealtad, y del ánimo afectivo que desprendo; que tanto necesito… Aunque siempre he pedido mucho, más he disfrutado dando.  Suelo querer prontito; cuando me regalan momentos felices quiero más, y si se olvidan de mí… nunca dejo de querer. Decía alguien, a quien amé más que… a quien amé demasiado, que soy “un saco sin fondo”: siempre necesito más.  Y soy tan afortunada que las deficiencias de unos las he cubierto con los excesos de los demás.

Complicada… tanto que algunos parecen no tener paciencia y se beatifican como si con un Job santo no fuera suficiente. Tener un discurso diferente del habitual a veces me resulta problemático.  Tradición de discurso contradictoria, donde los matices dirimen mi parecer.  Por algo me bautizaron renombrándome Bohemia.  Mujer de rarezas, extravagante, delicada, extremadamente sensible, en un mundo onírico constante, persuasiva, rebelde, sincera con cuchillos ó mieles, y más de mí que conoces o irás descubriendo.

Vasalla del destino, tiendo puentes al futuro.  Me aletargo a la sombra del cariño y crezco agigantada al recibirlo. Lo que me des, te lo devolveré multiplicado, aunque a veces pase demasiado tiempo y se haya hecho tan tarde que sólo el cobijo del mal vivido evacue mi anhelo desesperado de devolvértelo.  Aunque si el destino lo precisa, con creces, en un reencuentro, absorberá tu ser mi aroma arrepentido.

He jugado a ser la protagonista de la historia de mi vida.  Y a veces, como ya Unamuno hizo con aquél personaje, he pretendido morirme. Mi mayor miedo, que es la misma muerte, me ha salvado repetidamente de acometer el deseo, y las lágrimas se han convertido en el sostén prieto donde cesa la lástima y nace el porvenir. Somatizando la angustia vivo mis días, y lo que provoca risa para mí es una condena.

El peso de los errores, me ha reconvertido.  La carga de la denuncia, me ha envilecido.  Reconvertirme me ha enaltecido y quienes denunciaron… saben que son o serán recompensados.

Fíjate, que si desnuda soy así

No debes fiarte de mí cuando voy vestida.

Atrévete a desnudarme y entonces…

[Nota: Por suerte, o por desgracia, las personas cambiamos. Más de 7 años después de haber escrito este autorretrato, soy mucho más feliz, quizá menos compleja, pero igual de apasionada. Aprovecho para dar las gracias a quienes se fueron, a quienes se quedaron, a quienes aparecieron, a quienes volvieron y a quienes hoy permanecen. Porque de todo se aprende, y yo jamás he estado sola.]

Mamá atea, minoría incomprendida.

En este país, lo habitual es bautizar a los críos durante su primer año de vida, hablarles del niño Jesús y compañía antes de dormir, dejarles asistir a clases de religión en la escuela, apuntarles a catequesis para hacer la primera comunión sobre los 9 años, esperar a que los críos crezcan y decidan si han asimilado como inseparable de su condición humana viviente la fe en un dios, o simplemente, se acepten a sí mismos como seres finitos, caducos, independientes de omnipotencia alguna (y de sus manifestaciones terrenales ), librepensadores… ateos.

Ése es el camino en este país. El que está bien visto. El camino de la mayoría, que se suele respetar, perpetuar, incluso imponer (imposiciones sigilosas, o no) . Pero de pronto, entre tanto convencionalismo, asoma la cabeza una madre que busca un desvío, una alternativa, oxígeno. Y todos la miran. Algunos cuchichean, otros miran con desprecio, hay quien se lanza a dar su opinión sin que nadie se la haya pedido (con su bandera del bien, persiguiendo el mal), y los pocos que empatizan… suelen esconderse. Es cuando llega el momento de emprender una cruzada. Porque nadie tiene derecho a cuestionar la inteligencia de una madre que se sustenta en el libre pensamiento, la razón, la crítica y el recuerdo de un adoctrinamiento.

Niña beata. Adolescente y joven atea. Madre hereje.

Esta madre (maldita madre hereje), estudió en un colegio de monjas. Nunca ha sentido complejo por ello. Su educación, basada en valores y moral cristiana católica, fue sólidamente positiva. Participó con fe plena en cada oración matutina, en cada eucaristía, en cada una de las múltiples celebraciones con contenido religioso que se programaban (por cierto, perdiendo horas lectivas). En casa, leía la Biblia. Cada noche, rezaba un conjunto de oraciones (cual compulsión, no podía dormir de otra manera). Se emocionaba con los pasajes bíblicos, con escenas de capillas e iglesias, con imágenes de cristos y vírgenes, incluso con películas y canciones. Esta madre, aprendió religión católica con sobresalientes, y fue receptiva al adoctrinamiento. Hasta que un día, con 14 años, se paró en seco en su cama, mientras leía uno de los cientos de libros que devoraba en su adolescencia, y a solas consigo misma, pensó: “¿quién me dice a mí que no me han estado engañando todo este tiempo? ¿quién me puede demostrar que dios existe? Es posible que todo en lo que creo no haya sido más que un lavado de cerebro, una venda en mis ojos”. Y así, en unos segundos (y es un recuerdo imborrable), derrapó en el camino de los católicos, cesó su paso, y se dio la vuelta.

Trece años después, nació La cría. No hubo que negociar nada con El padre respecto a sacramento alguno. Nuestro camino era diferente. Educaríamos a nuestra hija en la libertad. Señoras y señores, no en “vuestra libertad”. La auténtica libertad, creo ferviente y objetivamente, no tiene como punto de partida un bautismo, rezos nocturnos, clases de religión y adoctrinamiento. Ese camino, es muchas ocasiones es irreversible, y veta por completo, una vez que la fe está instalada en las entrañas, la elección autónoma. La libertad, señoras y señores de la mayoría, comienza en un hogar sin crucifijos ni neurosis. En un hogar con inteligencia, sentido común, cultura, y libros. En un hogar con unos padres responsables que sabrán guiar, responder, e incluso adaptarse (con resignación) a las costumbres religiosas arraigadas en nuestro entorno. En esta casa, se enseñará “religiones”. La cría, sabrá que hay personas en este mundo que creen en un ser superior, por el que sienten devoción, y que siguen preceptos establecidos  en los que basan parte de su comportamiento (ya le hablaremos de la hipocresía) y por los que conservan muchas festividades. Nadie la mantendrá en una burbuja, porque se relacionará con creyentes, entrará en iglesias, estudiará todo tipo de acontecimientos históricos con base religiosa, y aprenderá a valorar el arte que las religiones nos han dejado. Y si entonces, se le remueve un afecto interior, y siente la necesidad de dar sentido a una vida perecedera aferrándose a una determinada fe, os aseguro que no la encarcelaremos en su dormitorio, ni le suministraremos electroshocks, ni utilizaremos el látigo para devolverla a nuestro camino.

 ¿Dónde vamos, mamá? IMG_0277b

Estos días hemos paseado con La cría entre bullicio, olor a incienso y música sacra. “¿Dónde vamos, mamá?” “A ver lo que hacen los católicos”. Una respuesta objetiva, una respuesta obvia (porque nosotros no somos católicos ya, y ella no lo ha sido nunca. Es un axioma lógico puro). ¿Reacciones a esta respuesta? Diversas, e irrespetuosas con nuestro rol paternal.

Tú no le influyas a la niña”. Claro que no, sois vosotros quienes tenéis el privilegio divino de influir sobre la cría que yo he parido. No somos sus padres quienes debemos influir en ella, como buenos protectores, custodios, tutores. Debemos callarnos ante la mayoría, y bajar la cabeza aceptando vuestras imposiciones. Tenemos vetada la ínfima posibilidad de dotar de luz y razón a nuestra hija en un burdel de evangelios y cielos prometidos (ojo, la palabra “burdel” es un mero recurso poético. Defectos estilísticos de los aficionados a la escritura. Pura inocencia). Por cierto, ¿y los padres católicos no influyen en sus hijos? ¿es que ellos sí pueden influir, y yo no?

¿Y si aplicáramos esa frase a otros contextos de la vida? Yo no podría influir en mi hija para que no mate animales (oye, quién sabe, tal vez le guste la caza, debería dejarla que practicara y que decida después), tampoco podría influir en que no sea violenta, en que no beba alcochol o consuma otro tipo de drogas, en que se alimente bien (déjala, que sea una anoréxica, que sea libre), ¿y una pirómana?, ¿una terrorista, tal vez?. Señoras y señores, sé que estarán pensando que soy una exagerada. Nada más lejos de la realidad. Los padres somos las guías de nuestros hijos, su pilar, su sustento. Tan importante es para algunos abastecer a sus hijos de una idea de dios, de una segunda vida tras la muerte (no deja de ser una defensa natural del ser humano, estudiada y analizada, que puedo comprender perfectamente), como para mí mantener en la virginidad de credo a La cría hasta que su capacidad de discernimiento sea lo suficientemente consistente como para que su elección no se base únicamente en una emoción enraizada desde la infancia (no nos engañemos, la emoción religiosa es sublime. No no soy ajea a ella). Mi influencia es básica, y NO ES DAÑINA. Quien piense lo contrario, debería psicoanalizarse, y/o hablar con Sor Lucía.

Mi hija no necesita un referente religioso para sobrevivir sus primeros años de vida. Tal vez lo necesite cuando empiece a cuestionarse las injusticias de esta vida, la muerte, etc. Pero en tan temprana edad, su referente somos nosotros, y nuestras respuestas racionales basadas en la experiencia y el conocimiento.

Anda, si la niña no entiende que le digas que vamos a ver lo que hacen los católicos”. Claro, pero sí entiende quién es el niño Jesús, por qué hay un muñeco lleno de sangre clavado en una cruz (afortunadamente, no vimos ningún crucificado), qué es dios, por qué se reza a algo que no se ve, qué significado tiene rezar, etc. etc. etc. Es absurdo. La cría no entiende aún quiénes son los católicos, pero la educación es un proceso. Y nosotros tenemos que responder a sus preguntas. ¿La respuesta adecuada tendría que haber sido “vamos a ver al señor y a la virgen”?. ¿Eso lo habría entendido mejor?

Tírale besos a la virgen”. Pues que se los tire. Si la familia cree que yo me voy a poner un chaleco lleno de explosivos porque digan a La cría, con 3 años, que lance besos a una escultura, está claro que no me conocen.

Mira, santíguate”. Esto ya me hierve un poco más la sangre, pero yo he entrado a Mezquitas en Estambul y he cubierto mis piernas y mi cabeza sin ningún problema. Tampoco llegará la sangre al río. El hecho de santiguarse no produce conexiones neuronales pro-católicas que deban asustarme.

Esto es una democracia. Tú no tienes que decirle a la niña lo que tiene que hacer”. Ni me detengo. Ignorancia. Contra la ignorancia, poco se puede hacer y decir.

Pues tú estuviste en un colegio de monjas”.  Precisamente por eso soy hoy la atea que soy. Repito, que me siento muy orgullosa de mi educación, y más aún, de mis reacciones antes ésta. Conozco personas que tuvieron secuelas muy importantes por haber estudiado en ese colegio. Yo, sin embargo, mantuve una buena relación con “mis monjas”, incluso después de convertirme al ateísmo. Es más, estando en la Universidad, nos carteábamos, y hablábamos abiertamente de mi ateísmo y de mi rebeldía. Una atea, escribiéndose cartas con varias monjas, hablando de sus relaciones sentimentales, de sus miedos, de su nula fe en dios. ¿Realmente merezco la hoguera?

¿Qué me gustaría?

Que los católicos se pusieran en el lugar de los ateos de vez en cuando, y reconozcan en sus hechos y reacciones que somos personas inteligentes, razonables, respetuosas, sentimentales, que simplemente hemos elegido otro camino diferente, sin pensamiento mágico. Que tenemos idéntico derecho que ellos a criar a nuestros hijos en nuestros valores. Que el orden moral de un ateo no es peor que el de un católico. Que no se puede sentir lo que no se siente.

A veces pienso que los ateos somos incómodos. Tal vez, temen las arenas movedizas de la diversidad, de la crítica, de la razón pura, de la elección racional diferente.

Dice Michael Onfray, en su Tratado de ateologíaMi ateísmo se enciende cuando la creencia privada se convierte en un asunto público y cuando, en nombre de una patología mental personal, se organiza el mundo también para el prójimo”.

Cada uno tenemos nuestras opiniones. Yo respeto profundamente a quienes educan a sus hijos en esa neurosis social (como ya he dicho, es un maravilloso mecanismo de defensa). Por favor, respétenme a mí y no se metan nunca más en mi crianza atea natural.

Nota: si me garantizan que rezando todas las noches, La cría dormirá del tirón y no se despertará a las 6.30 de la mañana… Me lo pienso.

 

La niña quiere un bicho

Cuando soñamos con la maternidad  y nos imaginamos a nuestras crías, a menudo conversamos con nuestras parejas (si existen) cómo sería posible que fueran, cómo nos gustaría que fueran, en qué aspectos no querríamos que se parecieran a nosotros de pequeños, en cuáles sí… Finalmente, nace la cría, y todo su material genético se configura tal y como se le antojó al universo el sublime día de la concepción. Y La cría, se gestó recolectora y observadora incansable de bichos. Como su puñetera madre.

Entonces, intentas evitar que se repita tu historial torturador, procurando reorientar a la pequeña investigadora a partir de un aprendizaje social. “Pobres bichitos, déjales que vivan, no los toques, no los cojas, no te los lleves a casa, no comen pan, no los mojes, no se los enseñes a los gatos, no los montes en la bici, no los metas en esa caja sin oxígeno, no aprietes tanto al cogerlo que… lo… espachurras…” Y tan pronto como observas esas escenas padeces un intenso sentimiento místico y esperas que “eso del karma” no exista, que la “ley del más fuerte” prevea y acepte entre sus reglas la curiosidad de los niños y la incapacidad de sus progenitores de reconducir lo que está escrito en sus genes.

IMG_9418Ayer, durante un paseo, nos encontramos con un arriate lleno de “mariquitas” (sé que ése no es el término que las define, y sé cómo son las mariquitas auténticas, pero en Córdoba hemos metido a las dos especies en el mismo saco). La cría quería llevarse una a casa. Estábamos escarmentados de recoger cadáveres de bichos y entre El padre y yo intentamos disuadirla (ya era hora de empezar a enseñarle que los bichos no son juguetes, pensamos. En realidad, éramos unos tristes enternecidos por el sino del desafortunado insecto). Los siguientes diez minutos se describen mucho mejor con un documento gráfico:

Yo viví en el campo parte de mi infancia. Además, antes era frecuente que las familias cordobesas prepararan “peroles” en diversos puntos de la geografía bucólica de nuestro municipio (muy extensa y cercana antes de que se urbanizara lo que nunca se debió consentir urbanizar). Esto es lo que permitió que estuvieran a mi alcance todo tipo de animales “bichescos” vertebrados e invertebrados: hormigas, alúas, avispas y abejas, salamanquesas y lagartijas, saltamontes, libélulas, escarabajos, caracolas y caracoles, lombrices, marranitas, mariquitas, ratones, culebrillas e incluso murciélagos…

Me encantaba jugar a los hospitales de invertebrados, a veces porque los rescataba de las aguas de la piscina o charcos, y otras (la mayoría) porque yo misma experimentaba con ellos ahogándolos previamente y secándolos al sol, o arrancando sus patas, alas y/o antenas (es así como descubrí que las hormigas huelen, aunque me tomen por loca cuando lo cuento). Fui un ser humano excesivamente curioso. Quienes escuchan mis andanzas suelen definir ese comportamiento como frío y cruel. Yo no lo sentía así. Tal vez mi empatía fuera escasa (o nula) con los insectos, y alguna vez experimenté demasiado (algún día profundizaré) con palomos, golondrinas, pollitos, pavitos reales, patitos, hámsteres, jilgueros, canarios, verdones, gorriones, tortugas, etcétera, pero adoraba a los animales. Se trataba, simplemente, de una niña criada en el campo, que montaba guardia para atrapar a los pollitos del vecino cuando atravesaban la valla metálica, trepaba a los árboles y subía por las pareces para ver los nidos de las aves, cazaba salamanquesas para observar de cerca sus escamas, el giro, brillo y color espectacular de sus ojos, su corazón bombeando a través de su piel transparente, sus patas pegajosas y dedos largos…

Quien no ha tenido oportunidad de vivir la naturaleza desde este tipo de puntos de vista, no es quién para juzgar el comportamiento de crías curiosas entusiasmadas con los rasgos, gestos y cotidianeidad de otros seres vivos de nuestro planeta. Yo, madre empática amante de los animales, quiero que mi hija respete a los “bichos” y animales, pero comprendo perfectamente su curiosidad.

EL DESENLACE

Finalmente, cedimos, y una vez más, recolectamos el bichito y lo acogimos en casa con la condición de que si éste se marchaba para volver a su hogar, La cría tenía que aceptarlo y no llorar. Su respuesta fue doble: “no lloraré”, y cerró todas las puertas de casa para decir después: “ya he cerrado todas las puertas, y no se irá”.

IMG_9420Efectivamente, esta mañana la “maquitita” no estaba, pues había escapado por un orificio del recipiente haciendo uso de su instinto de supervivencia. He dejado abiertas las ventanas para que pueda salir si es capaz, pues no la encuentro.

Comenzaré a hacer ejercicios de relajación antes de recoger a La cría de la guardería. Me espera una rabieta histórica cuando descubra que los bichos no desean vivir en nuestra casa, menos aún encerrados en un bote, porque son seres vivos libres que viven en su propio ecosistema y tienen necesidades que nosotras no podemos satisfacer. No va a entenderlo hoy. Pero tendrá que entenderlo algún día… como conseguí entender yo.

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Nota: ningún animal pereció en el transcurso de mis investigaciones (y si lo hizo, no quiero recordarlo). Se excluyen los insectos de la anterior afirmación. No obstante, ha de quedar absolutamente claro que jamás disfruté hiriendo a bichos. Sólo disfruté con mis observaciones, saciando mi curiosidad.

Y tú, ¿no matas cucarachas y mosquitos?

Por una Navidad laica en la Escuela Pública.

IMG_7952bOtro año más, la misma canción. La ma-paternidad se nos complica a las madres y padres que intentamos escapar de las reglas del juego tradicionales, rancias, arcaicas y “borreguiles”. Las alternativas que muchas personas que nos rodean nos ofrecen no suelen ajustarse a nuestro canon lógico-racional progresista. Tanto se alejan algunas, que acaban por tocarte las narices.

Para no perder la costumbre, os recuerdo que no soy perfecta. Habitan en mí una serie de contradicciones que ni el mejor director de orquesta sería capaz de armonizar. A pesar de todo, os aseguro que busco el equilibrio, de la forma más pasional posible, que para eso una tiene su carácter.

EL PROCESO

Este año la Navidad me ha estallado en toda la cara. Aún siento una leve indigestión, porque me he desdicho, he bebido del agua que no quise beber durante años, he tenido que reconocer que absolutamente nada puede competir con la ilusión de una hija, con su derecho a tenerla y con mi obligación de mantenerla viva, conllevando una incoherencia trágica en mi escala de valores, en mi representación mental de las tradiciones sociales, en mi lucha anti-consumista, en mi juicio condenatorio de la hipocresía de nuestro mundo. Todavía no entiendo por qué para ser una buena madre, en los primeros años de su infancia, tengo que sacrificar tanto, principios y conclusiones racionales. Todo sea por una buena causa.

Todo comenzó cuando sentí que este año la cercanía de la Navidad no me producía ganas de vomitar. Se consolidó al preparar una manualidad navideña en familia. Una coalición de ideas para regalar perforó mi desinterés original (tantos años cultivado). El remate, poner un maldito árbol de Navidad en casa. A la par, la madre sonreía y disfrutaba al ver la ilusión de La cría… mientras la mujer idealista se deshacía derramándose por los suelos.

El fin, justifica los medios. Pero un alma combativa no puede rendirse sin más cuando entran en juego otro tipo de factores. Y es éste el caso de la celebración de las festividades navideñas en la Escuela Pública Infantil de La cría. Puedo comprender y acompañar a mi hija en el camino de una ilusión prefabricada, que El padre y yo acotaremos con mucho sentido común y humildad – y, por supuesto, Laicismo-. Lo que no puedo consentir, y perdonen que no acepte simplificaciones, es que una Escuela Pública invada nuestra decisión de permitir una libertad racional absoluta a nuestra hija, mientras perpetúa en sus aulas una tradición religiosa que no debería tener cabida.

Existen temas muy importantes que deberían tratarse con los padres en la Escuela Pública, porque afortunadamente hay un cambio generacional que debe extrapolarse también al cultivo de algunas tradiciones religiosas que no caben en las aulas. Las aulas están para otras cosas, al menos las públicas. Yo no me asustaré si mi hija reproduce una historia de un bebé que nació en Belén y todo parece un cuento (a título informativo, el saber no ocupa lugar). Mi temor reside en las formas. No es lo mismo hablar de Jesús, que de “dios”, o del “señor”. Eso es solo el principio, y quien tiene que decidir ese principio somos El padre y yo, no un equipo docente de una escuela pública. No se trata de simplificar, sino todo lo contrario. O nos hacemos plenamente responsables de la educación de nuestros hijos, del modo más transversal posible, o una vez más dejamos que sean los docentes, la sociedad arcaica, y las redes de la iglesia quienes lo hagan. No es lo mismo relativizar que someterse. Aceptación, sumisión, sublimación, negación… Son muchas las alternativas, y yo no me conformo con la más fácil, porque ésta no tiene nada que ver conmigo ni con la educación que intento ofrecer a mi hija. Es normal que los creyentes no vean orejas al lobo, ni nadie se lo pide. Pero permitan que pongamos nuestro grano de arena quienes creemos en el Laicismo como punto de partida de una sociedad mucho más plural, libre y fértil.

¿Y A QUÉ VIENE TODO ESTO?

Permitan que estemos alerta. Permitan que nosotros sí veamos orejas al lobo, además de bueys, mulas, angelitos y personajes varios. Éstas son las reflexiones de una madre que intenta que las pequeñas cosas no le pasen desapercibidas cuando se trata de la educación de su hija. El origen concreto de estas reflexiones está en la próxima organización de un “belén viviente” en la Escuela Pública de La Cría. Para ello, cada alumno/a se vestirá con el atuendo de un personaje bíblico determinado de la famosa escena del nacimiento de Jesús. La cría ha de ataviarse de lavandera. “Un mero disfraz”, “lo importante es que disfrute”, “no le va a hacer daño”… Son argumentos que no me convencen, si bien me producen mayor irritación aún.

El demonio está en los detalles, recuerden.

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Nota: en este post estoy generalizando. La Dirección de la Escuela de La Cría, no tiene ni idea aún de mi indignación. ¿Por qué no lo he comentado? Porque ya algunos padres/madres han reaccionado de extraña manera al plantearles que no tenía intención alguna de vestir a La cría de lavandera (a la antigua usanza al menos), puesto que somos ateos y laicos y no nos convence en absoluto la organización de un belén viviente. No seré yo quien les quite su belén, pero sí quien reclame diversidad en las celebraciones y Laicismo en la Escuela Pública. Mañana es el “día D”, y yo todavía estoy planeando mi estrategia…

Genio y figura. Madres y padres con carácter.

Disculpen este ataque de sinceridad, pero ya advertí que tengo ese defecto. Miren, no soy perfecta. Escuchen, soy una madre tan imperfecta, que a veces presumo de mis propios defectos y detecto en la perfección de algunas madres/padres una presencia demasiado frecuente en Los mundos de Yupi.

IMG_5512Me gusta leer. Devoro libros, revistas, blogs, artículos de todo tipo. Tanto me gusta estar informada que si no puedo leer busco audios, podcast, para escucharlos mientras hago otras cosas. Entre mis temas preferidos, cómo no, la maternidad y la Psicología. Cuando escuchas o lees a expertos en la materia, parece que todo fluye, se dota de significado a muchos desconciertos, se comprende y se empatiza… tanto, que parece que sólo por leer y “poner un poco en práctica”, nos convertimos en madres y padres ideales. Disculpen, pero no existen verdades absolutas, tampoco en el mundo de la ma-paternidad.

Hay madres y padres tan perfectos, con tanta paciencia, tan comprensivos y empáticos con sus hijos, que a estos últimos no les puede rozar una pluma porque atenta contra su dignidad, es una falta de respeto y puede producirle secuelas posteriores. Hay madres/padres tan aquiescentes, tan dulces, tan maravillosos, que cuando a una se le “escapa un ataque de nervios”, se siente incómodamente juzgada. Disculpen, simplemente tengo sangre en las venas.

Y es que yo no oculto que pierdo la paciencia unas 10 veces al día. No voy a mentir a nadie negando que alzo la voz (a veces desde las 7 de la mañana; incluso de madrugada). No me avergüenza afirmar que impongo mi autoridad –no me refiero a cachetes-, porque no se puede dialogar siempre (por el amor de dios, hablamos de una niña que aún no ha cumplido tres años), ni que lucho por encabezar el ránking de la más testaruda de casa. Un moquillo rubio no se va a salir con la suya, ya me las apañaré yo para evitarlo. Disculpen, pero el libre albedrío en educación es muy relativo.

Una de las cualidades que no le pueden faltar a una madre/padre es la imaginación. Si La cría no quiere comer fruta, yo soy lo suficientemente inteligente para interpretar los variados mensajes que me envía con su negativa (desde “no me gusta”, “no me apetece ahora porque estoy llena”, “como la pruebe, vomito”, “prefiero un batido”, “métete la fruta por el anillo”… hasta “sé que si continúo llorando, o pido caca, o finjo estar dormida, te cansarás y seré happy consiguiendo mi objetivo”), y para adaptarme a una estrategia en función de la suya. No es cuestión de forzar por forzar, pero tampoco se puede ceder aludiendo frustraciones infantiles. LOS NIÑOS/AS TIENEN QUE APRENDER A FRUSTRARSE. Si las madres/padres sólo ponemos alfombras de seda bajo sus pies, acabarán sufriendo mucho más cuando toquen el suelo que hay debajo. Disculpen, hay muchos tipos de suelo… Algunos muy profundos.

Yo grito. Me desespero. Intervengo en sus desafíos. Yo NO CEDO. Yo NEGOCIO. Cuando tienes una hija muy cabezota y rebelde emergen entre tus capacidades artes de negociación muy severas. Mi día transcurre negociando, lo que demuestra que La cría no pierde su espíritu rebelde (me gustaría que lo conservara siempre), y que cada jornada tengo que derrochar imaginación para variar estrategias, validar hipótesis, ensayar, errar… acertar… Disculpen, el aprendizaje es también cuestión de métodos.

¿Serán tan perfectos como aparentan?

A veces me gustaría ver una “mirilla” a esas madres/padres que escudándose en el respeto hacia sus hijos/as desvirtúan la realidad de la vida. El respeto es la base, pero no puede ser la salvaguarda de todos los comportamientos complicados de nuestros/as hijos/as. El respeto es la base, y las madres/padres con temperamento debemos equilibrar nuestras estrategias con sentido común. La adaptación al contexto será mucho más efectiva con inteligencia, sentido común e imaginación, que con padres escrupulosamente respetuosos.

Cuando me equivoco, cojo las manos de La cría, miro sus ojos, y le pido perdón. Entonces ella entiende que mami está reconociendo sus fallos y los corrige. Entonces ella aprende a perdonar. Entonces ella acepta que su madre no es perfecta. Entonces ella sonríe, me abraza, y me besa…

El mensaje de una madre/padre con carácter, contiene tanto amor como el de cualquier otra buena madre/padre. Disculpen.

“DILE A MAMÁ QUE TE DÉ UN HERMANITO”

526028_10151183748956586_912086537_nbMientras escribo este post, vigilo a La cría, que duerme la fiebre que le produce una laringitis, chateo con mis amigas a través de Whatsapp (normalmente en nuestras conversaciones yo elevo la voz optimista, pero hoy me he cansado de resaltar lo bueno), actualizo currículos, busco ofertas de trabajo, contacto con colegas de la Facultad por si me pueden echar una mano, reviso los medios sociales de un proyecto empresarial que apenas podemos sacar adelante, El padre vuelve conduciendo de su lugar de trabajo (a 80 km de donde residimos…), leo artículos variados, estoy pendiente del desalojo de un Colegio “liberado”, estoy pendiente de la lavadora… Y podría seguir. El multitasking de una madre es vertiginoso. El de una madre que intenta buscarse la vida… no tiene descanso.

Cuántas veces habré escuchado con cara avinagrada la manida frasesita: “Dile a mamá que te dé un hermanito”, o la versión directa: “Y tú, ¿cuándo vas a ir a por el otro?”. Qué absurdas son las palabras cuando se habla desde la ignorancia. Además, tampoco apetece pararse a discutir sobre tus reflexiones racionales, cuando parece que la gente sólo sabe hablar del “instinto maternal” y otras sandeces.

Para empezar, somos lo suficientemente responsables como para decidir el cese inmediato de la reproducción en nuestro nido familiar, al menos, hasta que tengamos garantizados los ingresos suficientes para subsistir, pagar hipoteca y demás facturas, y poder respirar un poco después de mucho tiempo contenidos. Para continuar, somos lo suficientemente responsables como para decidir dedicar el 100% de nuestros recursos económicos, culturales, temporales, espaciales, creativos, educativos, fisiológico-biológicos, afectivos, etc. a nuestra única hija. No queremos compartir esos recursos con nadie más, porque es todo lo que tenemos y ella se merece disfrutarlos con pleno dominio hasta que alcance un mínimo de independencia.

Qué exagerada, diréis. Posiblemente, aún no hayáis sido padres. Posiblemente, si lo sois, no llevaréis dos años y ocho meses sin dormir. Posiblemente, fueron bebés normales, de esos que “sólo comen y duermen”, y no empezaron a gatear con poco más de 4 meses, no se pusieron en pie sin ayuda con 6 meses, y no anduvieron con 9 meses (apoyada, con 8). Posiblemente, vuestros hijos no sean puro nervio rebelde, abanderados del “no”, psicomotrizmente precoces con ausencia del más mínimo sentido de la prudencia, inquietos y curiosos 24 horas, perseguidores de gatos, traviesos profesionales, etcétera, etcétera, etcétera. Y que conste, que para nosotros La cría es absolutamente perfecta. Pero tan perfecta es, que hace que nuestras imperfecciones destaquen demasiado. 

La ma-paternidad, siempre lo he dicho, es muy compleja, y todo se complica mucho más con las actuales circunstancias económico-laborales. Las parejas de hoy somos muy diferentes a las que formaron núcleos familiares hace 20 y 30 años. Los padres se implican más, se sacrifican más y participan más en la crianza. Las madres combinamos la crianza con un trabajo, o con la búsqueda de uno. Por tanto, el desgaste de ambos miembros de la pareja es doble.

Una vez me dijeron que tener un segundo hijo no suponía el doble de trabajo, sino que ese trabajo se multiplicaba de forma exponencial. Yo no quiero ni pensarlo. Para mí no tiene sentido tener prisa en “completar la familia”. De hecho, tal y como se ha estructurado nuestra sociedad y del modo en que han involucionado nuestras oportunidades, no descarto renunciar a “ese hermanito”. Mi ventaja es mi juventud. Aún tengo tiempo para posponer la segunda maternidad, y estoy plenamente satisfecha con la primera.

Este post continuará.

Si pensáis que es muy triste criarse sola en esta vida, os doy la razón. Idealmente, es bello y práctico contar con la compañía de un/a hermano/a. Pero todos estamos de acuerdo en que lo ideal es una cosa, y la realidad otra muy diferente.

Posiblemente, si tuviera una trabajo digno me tragaría todas estas palabras y no habría reflexionado más de la cuenta sobre los costes y beneficios de retrasar la segunda maternidad e incluso de renunciar a ella. Aunque algo sí tengo clarísimo: hasta que no duerma del tirón 6 meses seguidos, ni de coña. Y creo que los gatos también me apoyan.

UnYc – GD. Tenemos un plan.

IMG_6101bNos hemos subido al tren de la creatividad, para que no se diga. No estaba todo tan perdido como parecía cuando hemos sido capaces de adaptarnos a las circunstancias y de exprimir “las otras habilidades” que siempre estuvieron ahí, aunque ninguna orla ni diploma lo atestigüe. Porque somos mucho más que una Arquitecto y una Politóloga/Socióloga. 

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Y después de jornadas enteras pintando, de intensas sesiones de fotografía, de productivas citas para puestas en común… Presentamos nuestros primeros productos en un blog beta, y en un mercadillo público. Las sensaciones son muy buenas, y las primeras impresiones de quienes han visto nuestras piezas de cristal pintadas a mano han estado cargadas de halagos. ¿Te lo vas a perder? ¡Pues visita nuestro blog!

http://unycgd.wordpress.com/

“Cariño, ¿qué hemos hecho?”

No habían pasado ni 24 horas y ya se había convertido en un Gremli. Yo aún necesitaba semanas para digerir el traumatizante parto, llevaba más de 60 horas ininterrumpidas sin dormir, me preocupaba molestar a la pareja del “otro lado de la cortina”, el dolor y las molestias de la episiotomía eran muy fuertes, y El padre le ponía  un pañal tras otro, arrojándolos al suelo, diciendo: “esta mierda no pega”. Ella lloraba. Se nos ocurrían posibles causas, intentábamos posibles soluciones. Fue el primer día, la primera noche. Ella lloraba. Lloraba mucho.

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“Cariño, ¿qué hemos hecho?”, fue el máximo retrato de la angustia que empezábamos a sentir. El padre me miró con tal desesperación mientras pronunciaba esas palabras que me mordí el labio y acabé riendo.  ¿Loca? Desorientados, cansados como nunca, nerviosos… solos y novatos ante un llanto al que nosotros habíamos dado la vida.

Nunca me cansaré de decirlo: la pa-maternidad es muy compleja.  En el cine, en la televisión, en las revistas, en los libros, incluso en las parejas y familias de nuestro alrededor  la venden como algo maravilloso, incomparable, el culmen de la felicidad. Yo estoy segura de que en realidad no es más que un mecanismo de defensa de la mente para que la especie sobreviva. Además, me demuestra que el ser humano es muy mentiroso.

Detesto la hipocresía.

Siempre admití que la maternidad me vino grande. “¿Cómo te sientes ahora que eres madre?”, “Estoy decepcionada. Había idealizado la maternidad, y ha resultado ser infinitamente más dura de lo que había imaginado”. Y empezaron a surgir de “las tinieblas” madres y padres que me confesaban haber sentido las mismas emociones contradictorias que yo… Vaya, qué calladito se lo tenían cuando sólo narraban el cuento del éxtasis de la felicidad.

La culpabilidad (psicológicamente hablando)

Te han engañado tanto durante toda tu vida acerca de la maternidad, que cuando descubres una realidad distante a la idealizada y esperada, te sientes culpable. Culpable porque no te brotan lágrimas de felicidad, pese a la emoción, cuando ves a tu hija por primera vez, porque mientras te cosen -sin anestesia- el corte y el desgarro del perineo, mareada y extenuada. Culpable porque cuando miras a tu hija al principio, no sientes que es la persona que más quieres en el mundo “¿no se suponía que debería haberlo sentido de inmediato?”, “si es una desconocida para mí”. Ves un bebé, sabes que es tuyo, pero es imposible asimilar todo su significado en  los primeros días. Entonces, piensas que eres una madre horrible, que no sabe querer a su hija como se debe, y te cuestionas por primera vez tu valía como madre. Después te sentirás culpable cada una de las siguientes veces que te vuelvas a juzgar por no saber cómo actuar, por creer haber actuado mal, por sentir una pesada losa de sacrificio cuando deberías estar disfrutando.

¿Pero qué somos, masoquistas?

Por supuesto que no. Y aquí reside la salvación. El tiempo, conversar con madres sinceras y sabias, tus propias reflexiones y lecturas, acaban poniendo todo en su sitio y empiezas a darle a todo su grado correspondiente de importancia, a dotar de nombre y de significado a todas tus emociones, a racionalizar y  aceptar el cambio tan drástico que ha sufrido tu vida. Tu vida como mujer, como trabajadora, como estudiante, como activista, como deportista, como amante…  Sin resignación, con aceptación.

Es entonces el momento de la sublimación. Es necesario reconvertir la frustración y la confusión en un proceso extraordinario y gratificante, para alcanzar un punto de equilibrio en una realidad compleja que cada persona interpreta y vive de una manera completamente diferente.

Maternidades diferentes

No somos iguales. Muchas madres se llevarían las manos a la cabeza leyendo mi experiencia, porque han sido capaces de asimilar desde el primer momento el cambio, o porque su maternidad ha sido más fácil (desde el parto, hasta el comportamiento del bebé, por su predisposición o preparación, por la mayor o menor facilidad para renunciar al desarrollo de las propias inquietudes personales –al menos durante un tiempo-, o porque simplemente tengan más ayuda de la familia).

Afortunadamente, no me considero peor madre que ellas. He llegado igual de lejos con el doble de obstáculos.

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Nota: los pañales sí pegaban, pero él no sabía cómo. Hoy es un padre magnífico.

Por cierto, la respuesta a la pregunta del principio la tenemos clarísima hoy día: lo que hemos hecho ha sido lo mejor de toda nuestra vida.